Noches de Cabaret en Vigo

“El Fontoria, el Brasil y el Riomar eran los más característicos de la ciudad olívica, y, por lo tanto, visitas obligadas. El Fontoria estaba situado en la céntrica Plaza de Compostela, y el Brasil en una calle transversal próxima, a escasos metros el uno del otro. El Riomar, en cambio, estaba en la playa de Samil, junto a la desembocadura del río Lagares. Los espectáculos de variedades resultaban similares en su contenido, porque el maquillaje, el vestuario y el atrezo parecían los mismos, pero los artistas eran diferentes. “Manolito Soler, la voz que acaricia”, anunciaba siempre el Riomar.”

Julio ALonso.


Será que con la evolución de las modas cada vez se van tapando menos las vergüenzas, o que las costumbres sociales y los principios morales -si es que todavía quedan- se van relajando, el caso es que los cabarets han ido desapareciendo.

En otros tiempos, que ya van quedando en el olvido, en la ciudad de Vigo existía una amplia oferta de cabarets, cada uno de ellos con su clientela fija, más o menos numerosa, además de grupos de visitantes esporádicos que generalmente celebraban alguna despedida de soltero, sin olvidar a un pelotón itinerante que iba recorriendo los locales uno por uno como estaciones de un vía crucis en una noche cualquiera de juerga impenitente.

El Fontoria, el Brasil y el Riomar eran los más característicos de la ciudad olívica, y, por lo tanto, visitas obligadas. El Fontoria estaba situado en la céntrica Plaza de Compostela, y el Brasil en una calle transversal próxima, a escasos metros el uno del otro. El Riomar, en cambio, estaba en la playa de Samil, junto a la desembocadura del río Lagares. Los espectáculos de variedades resultaban similares en su contenido, porque el maquillaje, el vestuario y el atrezo parecían los mismos, pero los artistas eran diferentes. “Manolito Soler, la voz que acaricia”, anunciaba siempre el Riomar.

La entrada era oscura y estaba flanqueada por un portero de mirada severa y desconfiada que daba las buenas noches con mecánica cortesía. Una señorita de edad respetable atendía el guardarropa, en una pequeña antesala que daba paso al mundo de la lujuria. Una gruesa cortina conducía al mundo de los sentidos. La sala, que entre las luces rojas y tenues se podía imaginar espaciosa, disponía de pequeñas mesas y taburetes entorno a una pequeña pista de baile, completamente vacía, sin que nadie, salvo los artistas, se atreviera a pisarla. Los recién llegados se convertían en el centro de las miradas. En cuanto ocupaban una mesa procedían a inspeccionar a las chicas, y éstas, a su vez, como movidas por hilos invisibles, se acercaban estratégicamente ofreciendo compañía, algún tema de conversación o lo que se terciara, para que el cliente se sintiera importante, mejor que en su casa, o para que tuviera alguien con quien confesar sus penas, y todo eso, a cambio de una simple copa; e invitándolas a una botella de champagne en el reservado, eran capaces de obrar maravillas y prodigios, según me han contado, claro.

© Julio Alonso